martes, 22 de septiembre de 2015

Si. Te querrán...


-Te querrán mil personas por tus cualidades.

 Te querrán cien hombres por tu cuerpo.

 Te querrán diez amigos por amistad.

 Pero sólo un loco te querrá por tus defectos.

 Sólo ese loco te querrá a ti. Como eres. Tú.

  ¡Búscale..! Porque sólo está loco por encontrarte.

 A ti.

domingo, 31 de marzo de 2013


La playa (Cuento)


 
PERSONAJES :
 
Una mujer.
Un hombre.
Una gaviota.
Un poema:
                        No importa como estemos de lejos uno de otro.
                                         Si tú miras la luna y yo también la miro,
en ella se citan y se encuentran nuestra miradas.
Y, a solas, se besan.
Y tú sientes que te beso en los ojos.”
 
 
 
— ¿Nos sentamos un poco, tía ...?
— Prefiero pasear por la orilla: con esta luna se ve de sobra. Y después del baño me he quedado un poco fría ....
.........................................
— Además, así te cuento algo que oí anoche, después de cenar, al grupo que estaba a nuestro lado mientras no me hacías caso y leías el periódico y sus malditos crucigramas...
— ¿Ya estamos como siempre ...?
— Si te da la gana me escuchas, y si no vete a la mierda. Alguien contó una leyenda que me encantó.
— Pues ya que hay que pasear, larga el rollo.
— No me interrumpas, que no la recuerdo muy bien... Verás: al parecer, dice la leyenda que ya hace muchos años, hubo en este pueblo una muchacha con los ojos más bellos que jamás se puedan soñar: infinitos, negros y profundos como el firmamento profundo, negro e infinito de una noche estrellada, y que su mirada tenía el reflejo de plata y violetas del polvo de estrellas ...
También hubo un hombre. Y una poesía. Los tres eran tan amigos y se querían tanto que, al contrario que las personas que se quieren normalmente, ni siquiera necesitaban estar juntos para besarse: cuando la muchacha se quedaba sola, sabía que le bastaba recurrir a su amiga la poesía y mirar a la luna para recibir un beso en sus hermosos ojos. ¡Resultaba tan fácil y tan fantástico...!  Mirar unos instantes a la luna ... y entornar los ojos ... Así lo hizo una noche, y otra, y otra... hasta que la luna se ocultó para descansar sus días o, bueno, mejor dicho, sus noches.
Pasaron las noches oscuras mientras la muchacha, impaciente, deseaba con  todo su corazón que volviera la luna.
Al fin una noche, la luna volvió a asomar  tímidamente su cara de plata pálida por el horizonte, despacio, perezosa ...
— Estoy muy pálida esta temporada —se dijo la luna— , tendré que hablar con la muchacha de los ojos bellos...
Y así lo hizo:
— Soy vieja, linda muchacha, y mi luz se apaga... Si quisieras seguir mirándome cada noche como hasta ahora, yo seguiré siendo lugar secreto de cita para vuestras miradas a cambio de que tú, con la tuya, me cubras con un manto de polvo de estrellas para así brillar más y estar más bonita...
 Según  recuerdan los más viejos del lugar, por aquél entonces era de tal intensidad y tan bella la luz de la luna que, las piedrecillas de los caminos parecían  ríos de brillantes y esmeraldas, y los campos mares de plata y cristal.


Pero, un día, se quedaron solas en el mundo la muchacha de los ojos hermosos y su amiga la poesía.
— ¿Qué haremos ahora, poesía ...? Ya no tendré quien me bese en los ojos cuando  salga la luna ...
Y se puso muy triste a esperar la noche.
Asomó la luna y, al ver a la muchacha llorando, se dio más prisa en salir y se puso en el  cielo frente a ella, iluminando con su luz de plata la poesía que tenía entre sus manos. Triste, la muchacha miró agradecida a la luna. Como le caía una lágrima ... cerró los ojos ... Y sintió en ellos el beso más dulce que jamás había sentido.
Apenas repuesta de su emoción y alegría por la inesperada sorpresa, la muchacha y la poesía le preguntaron a la luna. Y la luna les dijo cómo, entre el polvo de estrellas de su manto había miles de besos que, desde el mar, había ido subiendo una gaviota para que nunca le faltaran a la muchacha de los ojos bellos.
Y así, la muchacha y su amiga la poesía siguieron viviendo casi felices...
 
— ¿Te ha gustado ...?
— Como cuento no está mal ... Pero como leyenda ... las leyendas suelen basarse en algo que sucedió...¡Y a ver si vas a creer que haya podido suceder alguna vez algo tan absurdo, tan científicamente imposible ¿Es que eres tonta ...?
— Entonces ... menos creerás el final:... la misma leyenda dice que, a pesar de los años transcurridos, esa muchacha aún vive y conservará su juventud y hermosura mientras queden besos entre el polvo de estrellas de la luna...
—Pero... ¿Te crees esa bobada ...?
— Bueno, un poquito ..., verás... es que... yo conozco  mucho a esa muchacha...
— Pues, niña,... ya no me cabe duda de que eres tonta!. Y no un poquito ... ¡No te entiendo!.
— Por favor, tío, no discutamos ahora...¿Cambiamos de rollo ...? ¡Mira! ¿Qué es eso que bañan las olas en la orilla ...?
— Parece una gaviota muerta. O me besas, o voy a darle una patada para fastidiarte
—¡No! ¡No lo hagas ...! ¿Eres imbécil ...?
 
Si en vez de tratarse de una playa solitaria, hubiese habido alguien más, hubiera visto a la muchacha correr hacia la gaviota y, agachada, tomarla suavemente entre sus manos y devolverla al mar.   También la hubiera visto erguir sobre la espuma de las olas la silueta de su cuerpo de diosa griega y mirar a la luna, cerrando por unos instantes sus ojos...
 
— Así podrá seguir siendo libre ... ¿Nos vamos?
—¿Qué es eso de libre ...? No te entiendo ... ¡Anda ésta ...! Tienes los ojos mojados ... ¿Te ha salpicado una ola ...?
—¡No! Por favor...¡Déjame en paz, quieres?...
— Entonces ... ¿Podremos seguir paseando ...?
— Sí. Claro...
 
 
 
           Fernando Alvear.
 
             (19-NOV-79)
 
 
 
 
 
Presentado en el Primer Concurso de "CUENTOS LITERARIOS" del I.N.E.M.

lunes, 25 de marzo de 2013

CUANDO YA NO ESTÉ


En esta primavera,
cuando todo sea un canto,
cuando las flores cubran
como un manto
la pradera,
quizá no esté contigo. 
)Harás lo que te pido...?
)lo prometes...?
Mira: de flores, coge dos ramilletes,
bésalos con amor,
préndelos en tu pecho con fervor...
aunque no esté contigo...  
De esos dos ramilletes,
uno es el tuyo,
otro..., el que yo te diera
si contigo estuviera.
 
                                                               (falvearc)
 
 
 
 
 
 

 
 
 

martes, 19 de marzo de 2013

Pancho. Una historia con final felíz...


Hoy, mis recuerdos se remontan nada menos que a...1928, 1930...
                Su verdadero nombre, Samuel (*) Francisco Pérez Niño. Hijo de Samuel Pérez Migueléz y Engracia Niño. Su padre, el administrativo que primero estuvo ayudando al mío cuando llegó a la factoría CAMPSA de Santander en 1928, y que se mantuvo en el mismo puesto durante muchos años, muchos. Entonces, las cosas no eran como ahora. Engracia Niño: la recuerdo como una mujer encantadora, no digamos muy guapa, pero de cara muy agradable y, sobre todo angelical, dulce. Vivían padres e hijo en una vivienda dentro de la factoría, delante de nuestro chalet, a la derecha.

                O sea que, Pancho, niño de nuestra misma edad aproximadamente, se convirtió en nuestro mejor y casi único amigo durante muchos, muchos, años.

                Tanto es así, que mi hermano Gabriel y yo hicimos y celebramos nuestra Primera Comunión con Pancho, como un hermano más, allá por el año 1930 (30 de mayo de 1930).

                En parte por nuestra soledad, en parte por la calidad de aquél maravilloso amigo, Pancho caló tan profundo en nuestras vidas (me refiero siempre a Gabriel y yo), que no éramos nada sin él: de vez en cuando nos decía: “Esta tarde tengo que ir a casa de mi abuelito”, resultando que su abuelito era el Señor Pérez, Jefe de la estación de tren de El Astillero; esa tarde, éramos incapaces de ligar un juego, un pasatiempo, y probablemente fue entonces cuando yo aprendí a echar la siesta. Esperando el regreso de Pancho. La verdad es que no tuvimos mas amigos que éste hasta que, muy tarde, demasiado tarde, nos incorporamos a un colegio. Y un mal día, se nos fue... No. No es que se muriera: es que su padre, después de dejarse lo mejor de su vida en Astillero, por fin fue ascendido y por propia voluntad trasladado a otra provincia. Adiós, Pancho. ¿Qué será de ti hoy...?
Bueno... Probablemente a los que leais ésto hoy no os diga mucho. O,quizá nada. Y teneis razón porque, en sí, no es nada.
Pero yo aún, a ,mis 90 años, aún recuerdo a Pancho...



4 de Marzo del 2015: ¡Milagro!

                Sí. Milagro es que hoy me haya reencontrado nada menos que con mi querido Pancho; Si no en persona, a través de mi sobrino Gabriel, con lo que en cierto modo y casi un siglo después vuelve a cerrase aquél triángulo de eterna amistad que formamos los tres. De la niñez, nuestro amigo del alma, nuestro mejor amigo...Y por entonces...el único amigo.
Comentario a comentario de Uge: Contra mi temor, lo he encontrado... ¡Vivo...!

                Gabriel, hermano: Hoy te echo más de menos, porque mi alegría hubiera sido mucho más completa.



Muchas gracias, sobrino.
 
(*) No supe que se llamaba Samuel hasta hoy, 4 de Marzo de 2015. En Astillero siempre fue Francisco "Pancho".







domingo, 3 de marzo de 2013

Aquellas navidades...


Eran los días en que me despertaba impaciente, deseando ver si amanecía nevada la cumbre de Peña Cabarga porque, casi indefectiblemente, al día siguiente la nieve cubría ya todo nuestro valle. Mucho se hacía desear...Pero llegaba. Y con ello, mas o menos, coincidían las navidades y vacaciones. En casa cambiaba ya el ambiente. Se preparaba el montaje del gran belén, sobre unos cuantos cajones de madera, ocupando aproximadamente 4,5 x 1.5 m, cubiertos con tablas clavadas, una gran bandera española en el frente, y mucho corcho de belenes enviado desde Andalucía a la abuela Lola por su pariente o amigo Luis Quero; cubriéndolo todo, una manta verde de musgo natural. No menos de 100 a 150 figuras casi esculturas, y el correspondiente gran telón de fondo de papel de embalar pintado al temple. Una auténtica obra...
 
Cierto año, llegó a manos de mi padre un librito muy estimulante sobre el arte de hacer belenes...Mi padre nunca fué muy dado a las manualidades, pero estimulados todos y con él milagrosamente entusiasmado por el librito, nos dió la venada de llevar a la práctica las artes y técnicas en el mismo recomendadas, aplicándolas a nuestro gran belén. Teníamos que entretenernos en estas tonterías porque aun no había televisión. Era divertido, muy divertido. Pero cuando realmente se armó la marimorena fue cuando enterado de nuestras ilusiones belenísticas con mi padre en cabeza, nuestro indiscutible genio y profesor Don Daniel optó por participar en la obra, liándonos a hacer casas, molinos y portal según su propio procedimiento, ilustrado con una magnífica exhibición de su propio belén: con retales de madera bañados abundantemente en escayola y decorados después con nogalina, acuarelas y temple: el resultado fué realmente espectacular, maravilloso, tanto más por la blancura aportada por la propia escayola y la facilidad para descolgar chupones desde los tejados...¡Genial...!. No menos admirable la paciencia de mi madre soportando cómo se ponía todo de sucio. 
 
Recuerdo que el musgo natural y recien cogido, entraba por cestos.  “Decirle a Manuel (el jardinero) que hace falta otro par de cestos de musgo..”. ¡Ahí es nada! El cesto medía aproximadamente tres palmos de diámetro por dos de altura.... y había que llenarlo de capas de musgo natural, cogido con nieve o lluvia. Aún recuerdo lo bonito que era, su tacto de agua helada y como olía...  Pero, una vez puesto el nacimiento, lo que más nos divertía a Gabriel y a mí era escondernos debajo, entre los 20 o 30 cajones que formaban su base.
 
¿Y la nieve..? Jardín, huertas, montes... con 20 o 30 cm. de nieve algunos inviernos. Y al fondo, en la lejanía, la ría que, por reflejar el cielo tan oscuro y contrastar con el blanco de los campos, se había vuelto negra. Por la noche, las luces de casa iluminaban las proximidades de la nieve del jardín, y las pisadas trazadas por el paso de alguien hacia el calor de la cocina de detrás. De vez en cuando, se veía caer un bloque de nieve de la que retenían las grandes hojas de las magnolias ante la casa.  Fuera del jardín, al otro lado de la tapia de la factoría, la carretera de Bilbao, aún con poco tráfico, era un barrizal de nieve, pero las pequeñas huertas conque lindaba, se mantenían limpias e intocadas. Y el estanque, casi bajo el mirador, negro; sí: es curioso ver como lo que no está cubierto de nieve, como el agua de la ría y el estanque, parecen negros.
                En estas fechas, mis padres fijaban ya una tarde para ir con nosotros a Santander a comprar el pavo, los turrones de Monerris, y las cosas de comer de Navidad. Tambien compraríamos alguna figura nueva para el belén: para el belén serio se compraban figuras esculturales; a Gabriel y a mí nos compraban unas ovejas de cara triste, con un ojo mas alto que otro y patas de alambre ¡Eran preciosas...! Por aquél entonces, el Arbol de Navidad o no existía, o apenas era visto.  ¡Qué bien...!