Del jardín que rodeaba el chalet, podría decirse
que su parte noble era la de delante de casa: era el jardín de recibo que
además de para disfrute y solaz personal, se tenía en cierto modo acondicionado
como para impresionar a las visitas e invitados que antes de entrar en casa lo
circundaban con el coche. Aun cuando todo, jardín y huertas, estaban siempre
superatendidas por el numeroso personal a ello dedicado, obviamente era la
delantera de casa objeto de especiales esmeros: su recoleto prado con su
estanque, magnolias y palmeras, incluía macizos con rosales y cerco de
heliotropo, clavelinas blancas y planteles de violetas, hortensias por doquier,
o cualquier otra cosa que Manuel se encargaba de mantener y variar de temporada
en temporada.
Pero cualquiera que haya vivido en La Montaña sabe
que mantener los caminos limpios de hierba supone un constante trabajo de “sorrapeado”:
arrancar con una azada la hierba, que va
creciendo casi apenas se va quitando como una especie de mofa o venganza de la
naturaleza...¡parece que no se da a basto...!. Y para esta concienzuda y
paciente labor en los caminos de nuestro jardín se eligió a un abueluco
aparentemente octogenario, pareciéndome recordar que le unía cierto parentesco
con otro trabajador de la factoría. Campesino nato, investido con su aldeano
blusón azul y su boina, digo aparentemente octogenario por su aspecto físico:
ya pequeñito o más bien encogido, con su tez quemada y arrugada, su pelo blanco
apenas sobresaliendo bajo su boina y, sobre todo, asombrosamente encorvado
hacia la tierra como si hubiera nacido para limpiar de hierba de todos los caminos
del mundo. De esta pobre gente, es difícil estimar la edad: una existencia
dura, y su imagen octogenaria podría encubrir tan solo sesenta años de vida.
Nunca supimos su edad; él mismo, tampoco.
Realmente, trabajando al ritmo lento y cansino conque
realizaba su tarea completamente a su aire y casi a su gusto, la elección era
acertada: el Tío Preciados quería seguir trabajando por dos razones: porque lo
había hecho toda su vida y no sabría parar, y porque en aquella época, el que
no trabajaba no cobraba. Aún no se habían inventado las pensiones para el
trabajador, por lo que su retiro normal era la vejez pegado a las costillas de
los hijos o, con mas frecuencia, la muerte por enfermedad. Yo, desde niño, fui
aprendiendo ya en qué miseria y abandono murieron algunos trabajadores amigos
míos.
Y es así como teníamos meses y meses al Tío Preciados
dando vueltas alrededor del jardín, como una sombra a la que no se hace ni
caso, sorrapeando el camino tan despacio que, cuando llegaba al final de una
vuelta, ya había nueva hierba donde había comenzado... Naturalmente, a mis
padres no les importaban demasiado unos caminos verdeantes, porque sabían que
el Tío Preciados se sentía a gusto, y eso, para mi madre, era más importante.
Cuando salíamos al jardín, y me refiero tanto a mí como a mis hermanos y hermanas, solíamos ir a ver y hablar un poco con el
viejecito. Despacio, con un gesto de enderezarse pero sin conseguirlo mucho,
nos miraba sonriente, sin un solo diente en su boca, y descansaba unos
momentos. Ya sabíamos de antemano lo que a continuación iba a hacer: muy
despacio, sin dejar de mirarnos con una sonrisa de complicidad mas bien
maliciosa, metía su mano arrugada y temblorosa bajo su blusón y, ceremonialmente,
con algo que tenía mucho de rito y de misterio, sacaba de su “moquero” o
pañuelo una gran redonda galleta rebozada en harina y azúcar, que nos daba a
hurtadillas; por supuesto, en complicidad con nosotros y ocultando el hecho a
la abuela Lola, que si se entera de dónde sacaba el Tío Preciados la galleta,
le da un ataque de histeria y asco o uno de sus socorridos “ahogos”. La verdad
es que a nosotros nos sabía a gloria...!
Del Tío Preciados, además, tengo grabada una imagen
que de niño me impresionó: cuando escupía para afilar el “dalle” (guadaña) con
la pizarra, escupía una saliva verde como la hierba. Como la hierba que
arrancaba de los caminos. Entonces no supe por qué. Hoy, pienso que quizá
llevase La Montaña en sus propias entrañas...
(De unos apuntes personales sobre mis añoranzas. Copiar y pegar. Para probar nuestro recién estrenado blog... Si pudiera gustar, sigo. (falvearc))